Silencio y palabra

Los otros caminos

(*) Iván Castro Aruzamen

 

El silencio de Dios. El silencio del mundo frente a tanto sufrimiento humano. O ese silencio personal que arrastramos con nosotros cada día, tantas veces forzado, cruel, lapidario y que estruja las miles de palabras esparcidas dentro nuestro como el pasto de una pradera infinita, nos habla de la inmanencia de nuestro ser.

Claudio Ferrufino-Coqueugniot, no hace mucho me decía, que no quiere acabar como un perro, solo y agobiado por el silencio. Que todavía sus supuestos encanto de macho c’ochala, le alcanzan para atraer hacia sí, féminas abnegadas o putas.

No importa. Porque las palabras que nacen del silencio, escogen, marcan y posiblemente definen a los otros y las cosas que nos rodean.

En este país la política causa asco. Un asco como el excremento humano. La justicia remueve los instintos más primarios. Y el silencio social ahoga las palabras. Destila frustración. En fría la sangre.

Ese silencio oscuro fruto de la inercia social, nada más permite observar, pasivamente, el acontecer del mundo. Prefiero la palabra, las palabras que hacen estallar en polvo cósmico el confort existencial del ser humano sumido en lo efímero y lo superfluo.

Por eso me gustan tanto las palabras, mujer, pasión, senos, ombligo, deseo, sí, esas palabras que se meten bajo la epidermis, navegan por el torrente sanguíneo, brotan por los poros, abrazan una mujer, socorren al amigo o finalmente van a dar a la mar del olvido.

De todas ellas que acabo de nombrar, la palabra coito, creo que es tan antigua como el hombre mismo sobre la faz de la tierra, no obstante, se disfraza de silencio o complicidad, y no menos, perpetra las más infames acciones humanas.

Y si a veces me sumerjo en el silencio, no es sino para buscar incesantemente lo humano. Mi humanidad. La humanidad de los otros.

Y no cabe duda de que, aún allá donde la muerte ha hecho su reino, desde la palabra coito, la vida emerge silenciosamente, aunque se la llame poéticamente amor. Sin embargo, en el silencio el único camino que se abre paso entre la bruma, está lleno de palabras.

Alguien, no hace mucho me dijo, que mi vida ha estado llena de palabras y silencios; y que no he necesitado otra arma para amar, odiar, reír y hasta matar en vida. Pero hasta ese momento, yo no sabía de esa combinación letal y poderosa: silencio y palabras.

Por eso ahora que vuelvo sobre mis pasos perdidos, por los caminos de la literatura y muchos otros que he recorrido, no puedo renunciar al silencio que engendra, igual que hijos deseados o indeseados, las palabras, o viceversa: las palabras que conducen al silencio, ese silencio cómplice de la vida y el amor.

(*) Teólogo y filósofo