La política y el bien común

Ojo al charque

(*) Constantino Rojas Burgos

No es la primera vez que el presidente Morales, el diputado Víctor Borda y el presidente de la Cámara de Senadores Milton Barón, propongan que la Iglesia Católica —Obispos, jerarquía— “no se metan en política, que han traicionado a Jesús, que dividen el país, que incitan a la violencia, que apoyan a la derecha, a los ricos y que finalmente deberían organizar su propio partido político y dejar el sacerdocio”.

Estas afirmaciones vienen a propósito de la posición que asume la Conferencia Episcopal Boliviana (CEB), porque respaldan el respeto por el voto del soberano, que el 21 de febrero de 2016, rechazó la posibilidad de modificar el artículo 168 de la Constitución, que especifica que el mandato del presidente y del vicepresidente es de cinco años y que la reelección continua es para dos gestiones. Incluso el Cardenal Toribio Ticona, dejó el silencio para decir que tampoco está de acuerdo que solamente una persona gobierne el país, “pese a que el Evo es su amigo”.

Esta posición de la jerarquía de la Iglesia Católica hacia las autoridades de gobierno que, con los dos tercios en el parlamento, se han acostumbrado a transgredir las leyes para ponerlas a su servicio, causa molestia, incomoda y provoca declaraciones gubernamentales, con juicios de valor, que buscan perjudicar el trabajo de evangelización que realiza la Iglesia Católica y que no se circunscribe solo a la misa o la parroquia.

Sugerir que los Obispos no participen de la política, es tendenciosa y menoscaba el aporte que desempeña esta institución religiosa, atendiendo diversas acciones supletorias que le corresponden al gobierno, como la educación, la salud implementando hospitales y postas sanitarias, casas de acogida para migrantes, geriátricos, asilo de ancianos, aporte que es ignorado por las autoridades de gobierno. ¿Qué tal si el gobierno cambiará de actitud y cuestionará también este rol que asume la Iglesia sin que sea su responsabilidad?

Sobre la política, Aristóteles, el filósofo griego señala que el hombre es esencialmente un ser social y, por tanto, un ser político por naturaleza y con tendencia de asociarse en grupos que buscan satisfacer intereses comunes que benefician a toda una sociedad. No solo el interés individual o de un partido político que quiere eternizarse en el poder, desobedeciendo el mandato popular, poniendo en crisis la democracia representativa que delega responsabilidades a las autoridades a través de su voto, para velar por el bien común de sus habitantes.

Cuando Aristóteles se refiere a la democracia, señala que la función de los gobernantes es buscar el bien común, respetar la ley, y es el pueblo —el soberano— el que dará su consentimiento a través de su voto y el referéndum del 21F se expresó en ese sentido y dijo que no se cambia el artículo 168 de la Constitución para habilitar candidatos a una cuarta reelección.

El Papa Francisco, sobre la política no asume una posición neutral, dice que “es un deber, una obligación del cristiano involucrarse en la política, aunque sea ‘demasiado sucia’ porque al estar en ese ámbito, se puede trabajar por el bien común. Según el Vaticano II, el

bien común “es el conjunto de condiciones de la vida social que hace posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros, el logro más pleno y más fácil de la propia perfección”. Dice el Papa que la política es una de las formas más altas de la caridad, porque busca el bien común y los laicos cristianos (incluidos obispos, sacerdotes y religiosas) deben participar en la política.

(*) Periodista y docente universitario